Golpe de autoridad de Simon Yates en el Giro de Italia

SIMON YATES
Simon Yates. / FOTO: GIRO DE ITALIA.

Los ingleses, antes de las invasiones anglosajonas, fueron celtas, insulares, amantes del mar, de la libertad. También Budapest, antes de que llegaran los húngaros, fue territorio celta. ¿Sabrá algo de eso Simon Philipp Yates? ¿Le importará? Quizás sí, porque el campeón de la Vuelta a España 2018 y de la Tirreno Adriático 2020, es aficionado a la lectura, y al rock, y no hay rockero que no haya oído hablar de los celtas, o de lo céltico.

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Eran excelentes orfebres los celtas, pacientes, y Simon, aunque explosivo sobre la bicicleta, al igual que su hermano gemelo Adam, ambos nacidos el 7 de agosto de 1992, en Bury, ciudad del distrito del Gran Manchester, a orillas del río Irwell, ha sabido mesurar su carrera. En sus inicios, cuando compitió en aquel Tour del Porvenir de 2013, cuando ganó dos etapas y fue décimo de la general, a más de 3 minutos del campeón Rubén Fernández e incluso de su hermano, quien terminó subcampeón, Simón tenía ese brillo en los ojos que sólo se observa en los audaces, en los temerarios.

Solía atacar a 30 o 40 kilómetros de meta, sin que nada le importara, yendo al límite de sus propias posibilidades. Por eso, quizás, perdió aquel Giro de 2018, cuando ganó tres etapas y fue líder durante 13 jornadas, hasta su inesperado hundimiento en Bardonecchia, cuando Chris Froome le respondió con sus mismas armas, atacándolo a 80 kilómetros de la meta.

Ese fatídico 25 de mayo de 2018, Simon no sólo perdió el primer lugar, sino que incluso salió de los 20 mejores de la clasificación, dejando a Froome como líder y posterior campeón, y a Tom Dumoulin segundo. Richard Carapaz, que ya resoplaba como una locomotora, fue cuarto.

A partir de allí, y tras un periodo de depresión, Simon, apoyado por su equipo, el Bike Exhange, cambió su modo de correr y comenzó a mejorar su rendimiento en las crono. Se hizo más inteligente, más zorro y, como los antiguos druidas, fue paciente.

Meses más tarde, en la Vuelta a España, Simon era diferente. Conservaba el picante de su pedaleo, pero tenía otra mirada, una más profunda, más punzante. Tomó las riendas de la carrera apenas en la etapa 9, en la Covatilla, y sólo venció una etapa, en Las Praderas. Incluso permitió que Jesús Herrada se vistiera de rojo dos jornadas, y luego volvió al liderato para no soltarlo más hasta Madrid, sobrellevando con tranquilidad los ataques de Enric Mas y Miguel Ángel López.

Era otro ciclismo entonces, porque todavía no brillaban los eslovenos. Roglic ya andaba por ahí y de Pogacar ya se rumoraba, pero todavía había esperanza para los escaladores natos.

Simon fue campeón de la Vuelta, pero el Giro lo obsesionaba. El año pasado volvió para intentarlo, y sabía que Egan Bernal y el Ineos no se lo iban a poner fácil. Sin embargo, lucho en cada terreno, con el cuchillo entre los dientes, y por momentos volvió a ser el Yates de 2013, agresivo, lujurioso. Cuando ganó en Alpe di Mera, en la última semana, puso contra las cuerdas a Egan, que ya había ganado en Campo Felice y en Cortina de Ampezzo, en la frontera con Austria. No le alcanzó y tuvo que resignarse al tercer lugar, pues incluso el carismático Damiano Carusso lo pasó en la general.

Después de esa decepción volvió a sus cuarteles, a preparar la ‘venganza’, tranquilo, expectante, mirando de reojo el progreso de sus rivales y huyendo, aunque no del todo, de las confrontaciones directas con Pogacar y Roglic.

Debieron tomar nota, todos, de la contrarreloj de 13,4 kilómetros de la París Niza, cuando fue quinto, rodando a más de 48 kilómetros por hora. Esa etapa fue dominada a placer por el Jumbo. Primero fue Wout Van Aert, segundo Roglic y tercero Rohan Dennis, una bestialidad. Pero Simon también brilló, y su pedaleo fue potente. Estaba aguardando, sin duda, los vientos que lo llevarían a Budapest.

Primoz Roglic ganó esa carrera y Simon fue segundo, sin despeinarse. Su hermano, Adam, del Ineos, fue cuarto, detrás de Daniel Felipe Martínez.

Lo que no sabe la gente es que, tras la competencia francesa, los dos hermanos se tomaron un respiro en París, conversaron y se prometieron cerrar el año a lo grande. Simon, ese día, antes de subirse a un avión en el Charles de Gaulle, le dijo a Adam: “Este año quiero el Giro, y voy a ganarlo”. Adam le respondió: “Lo sé, por la familia”.

Indomable

Pues bien, hoy Simon hizo una extraordinaria demostración en la contrarreloj de 9,2 kilómetros en Budapest, la capital de Hungría con raíces celtas. Rodó a más de 46 kilómetros por hora por esas calles serpenteantes y compactas. Venció al ‘todopoderoso’ Mathieu Van der Poel, quien por ahora conserva la maglia rosa, quizás sólo hasta el monte Etna, en Sicilia, lugar a donde se llegará el martes, tras el día de descanso en Catania, y donde Simon tratará de destronarlo para ponerse esa mágica blusa, esa capa que se le escapó de las manos en 2018.

Yates está apenas a 11 segundos del liderato, y tras él, a 5 segundos, está Tom Dumoulin. Los grandes escaladores: Carapaz y Miguel Ángel López, están, por ahora, agazapados en posiciones no tan lejanas. Richard es décimo quinto a 35 segundos y López 34 a 53. El mejor colombiano es Santiago Buitrago (Bahrain), a 47 segundos. Sosa, otro favorito, cayó a la casilla 58 y pierde más de un minuto y medio.

Clasificación general – Etapa 2

Clasificación general – Etapa 2. / FOTO: GIRO DE ITALIA.

Mañana se cierra la “triada magiar”, con la etapa entre Kaposvár y Balatonfüred, sobre 201 kilómetros. Luego, la caravana de la corsa rosa se trasladará a Italia. Será una nueva oportunidad para Fernando Gaviria, quien tras sus dos triunfos en el Tour de Oman, anda con ganas de aligerarse el peso de las críticas, y de paso mandar a callar a todos los que aseguran que está acabado, que ya no es veloz, que ya le pesan las piernas.

Altimetría – Etapa 3

Él, al igual que Simon, quizás haya aprendido a soportar las derrotas, con paciencia, para aspirar a nuevo triunfos.

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