En Copacabana le dieron el último adiós a su animero de toda la vida

Jesús Torres, Chucho Huevo, murió el domingo pasado a sus 77 años, 53 de ellos fue el animero en el municipio de Copacabana. /FOTO: ARCHIVO

En aquella sala enmarcada con paredes de ladrillo y piso de cemento había una pequeña mesa con un conjunto de artilugios que ya cargaban unos cuantos años encima, pero en una esquina brillaba la campana con la que Jesús Torres guiaba a las ánimas.

Él las llamaba “sus muchachas”, aunque siempre oró por ellas, pero cuando hacía los recorridos por las calles de Copacabana prefería no mirar para atrás, tal vez limitado por ese mito griego de Orfeo y Eurídice, pero él nunca reveló el porqué prefería no hacerlo.

Leonardo Torres revisaba minuciosamente un gran paquete de fotografías con los recuerdos de su padre. /FOTOS: CAMILO SUÁREZ.

Y ese secreto se fue con él, con Jesús, aunque pocos en Copacabana lo reconocían por su nombre de pila, más bien por Chucho Huevo, quien falleció el domingo pasado y se fue al encuentro con la ánimas que tanto protegió y guardó.

“Él tuvo una muerte justa, rodeado por su familia”, dijo su hijo Leonardo, al revisar una pila grande de fotos que daban cuenta de las correrías de su padre.

Fue escobita, deportista, atleta empedernido, montaba bicicleta, llevaba siempre la llama olímpica en las justas deportivas en las que participaba y organizaba, pero su don, el verdadero don, fue lograr ayudar, tal vez sin darse cuenta, a cientos de personas, brindándoles consejos y acompañamiento en momentos de duelo para muchos habitantes de Copacabana.

Experiencia

Ese papel lo cumplió juiciosamente durante 53 noviembres. Desde el 2 de ese mes, día de Todos los Fieles Difuntos, se armaba con su capa, su sombrero, sus guantes, sus buenas botas y por supuesto su campana reluciente con la que llamaba a sus muchachas para llevarlas a buen destino.

“Un padrenuestro por las Benditas Almas del Purgatorio por amor a Dios”, decía con voz casi de ultratumba, mientras una cohorte lo acompañaba en oración.

El camino no era fácil. Salía desde antes de la medianoche, pero tenía que subir la empinada loma hacia el cementerio local, aunque aprovechaba un descansito al lado de la imagen de la Santísima Virgen que hay a la mitad del trayecto, y luego de una oración que hacía en silencio, cogía impulso para el último repecho y llegar así a campo santo.

Pero el tiempo le pasó factura, él mismo sabía que ya no tenía alientos para esa misión, la cual entregó hace 2 años a Jaime Andrés Uribe, quien se espera continúe con su legado.

Tuvo 4 hijos y un matrimonio de 51 años, del cual su esposa Marta saca pecho, pero sin querer queriendo Chucho Huevo tuvo cientos de hijos, de hermanos, que no solo lo acompañaron en su oración por las ánimas, sino que recibieron ese consuelo de un hombre sabio, al tener la palabra correcta en momentos de duelo.

Su legado continuará, su recuerdo permanecerá intacto, así como aquella mesita llena de artilugios, que ayer aguardaban un lugar especial para las cenizas de Chucho Huevo, quien ahora irá al encuentro con sus muchachas.