Desde que era muy pequeña, a Maryluz Gallego siempre le gustó jugar fútbol y baloncesto. A cada oportunidad que tenía salía a jugar con sus amigos en el barrio Manrique Oriental. Sin embargo, había algo que no la dejaba entregarse completamente a su pasión: su padre.
“Mi papá era de esos hombres machistas que decía que las mujeres tenían que ser de la casa, que uno no tenía derecho a estar jugando y como yo era la mayor, tenía que llevar la obligación con mi mamá y cuidar a mis hermanos”.
Explicó Maryluz.
Ante estas situaciones de maltrato, Maryluz prefirió irse de su casa a los 16 años. Le pidió a una tía que la ayudara a buscar trabajo, y ella la llevó a una casa de familia. Así se fue pasando por varias casas y varios jefes que, desafortunadamente, no le dieron el mejor de los tratos.
“Yo me encargaba de cuidar a una persona, vivía con ella interna, trabajaba de lunes a lunes solo me daban un día de descanso al mes. No tenía ningún beneficio ni prestación”.
Cuenta que varios patrones se aprovecharon de su ignorancia, pues no sabía a qué tenía derecho, por lo que la trataban como “a una esclava”.
“Ellos decidían a qué horas me acostaba, todo lo que tenía que hacer, que tiempo tenía para comer; muchas veces comía parada mientras estaba trabajando porque siempre me mandaban a hacer otras cosas, y a veces uno entre tanto corre corre no tenía tiempo de comer y me tocaba empezar a comer de a poquitos”, expresa.

Empezó a darse su valor
Por todas estas situaciones negativas, Maryluz se resignó a pensar que su trabajo era una esclavitud, y que no había otras opciones; sin embargo, todo cambió cuando llegó a una casa en la que le pidieron todos sus datos, porque la iban a afiliar.
“Yo le dije que ¿cómo así? Si yo sólo venía a hacerle aseo y ya, pero me dijo que eso no importaba, que igual debía pagarme salud, pensión y subsidio de transporte, y me fue enseñando todo a lo que yo tenía derecho”.
A partir de ahí su vida mejoró. Con la afiliación a la EPS le diagnosticaron un pre cáncer en la matriz, con cuyos síntomas llevaba luchando por años. Tuvo que pasar por una operación en la que le extirparon la matriz.
Descubrir otros mundos
Ella es otra de las ‘tesas del hogar’, quien pasó por la Escuela del Cuidado del Hogar de Comfama.
“Allí conocí grandes personas y grandes amigas, mujeres guerreras, echadas pa’lante, que no se han dejado decaer. Aprendí que yo puedo hacer más, porque aunque este empleo no es degradante, yo puedo aspirar a otras cosas, puedo cambiar mi forma de ser, de pensar y de actuar para mejorar”, explicó Gallego.
Durante la pandemia logró validar su bachillerato, y después de pasar por la Escuela del Cuidado del Hogar, le gustaría conseguir una beca para estudiar Recursos Humanos.

Reconoce que situaciones como las que ella vivió continúan sucediendo con muchas compañeras, por lo que les envía un mensaje: “Sigan luchando, háganle sentir a sus patrones que tienen derechos y tienen valor, así como ustedes cuidan de ellos, sus patrones deben cuidar de ustedes, porque ellas tienen mucho valor en el hogar”.
Si deseas certificar tus saberes como trabajadora del hogar, regístrate en la Escuela de Cuidado del Hogar escaneándo este código.
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