La pareja sentimental que conforman Teresa de Jesús Giraldo y Francisco Antonio Mejía Franco es un ejemplo de amor y trabajo, así lo sienten quienes laboran en inmediaciones del edificio Furatena, ubicado en la calle 50 #. 46-36.
Su historia parece extractada de una radionovela, como la que ellos mismos escuchaban años atrás, no en vano ambos hablan de ella con mucho orgullo. Sin embargo, cuando en inicio él decidió revelarla, ella no tardó en recriminarle.
Francisco, de 80 años de edad, oriundo de Titiribí, contó como queriendo evitar que su cónyuge escuchara, cómo nació este idilio, que hoy los hace tan felices a ambos: “Todo comenzó por una amistad que existía con una sobrina de ella (Lina), quien trabajaba en Furatena y un día que salió, me dijo que tenía una tía que estaba buscando novio para casarse, entonces aquí se aparecieron un día y me la presentaron”.
A pesar de que mientras él hablaba ella estaba ubicada a una distancia prudente, aparentemente concentrada en los clientes que llegaban, no dudó en interrumpirlo con un contundente: “Chismoso”.
Tras las risas de todos los presentes, él continuó su relato, en el que explicó que finalmente “en tres meses se arregló el matrimonio”.

Teresa, quien tiene 78 años, es viuda y nació en Girardota, reconoció finalmente que la historia que reveló su amado sí está cercana a la realidad, pero aclaró que al principio él no le cayó “muy en gracia, porque “fue muy mala clase. A mí sí me extraño que Lina decía que por acá lo querían mucho, pero eso no fue lo que vi al principio”.
Pachito, como lo llaman de cariño los vecinos, hace más de 50 años que trabaja en este lugar, a donde hace menos de una década llegó su compañera sentimental y de labores, la cual no tardó en ser apodada por los vecinos, Pachita.
“El 14 de mayo cumpliremos 6 años juntos, pero vivimos como si nos hubiéramos casado ayer”, subrayó ella.
En medio de la entrevista con Q’HUBO, Teresa preguntó extrañada qué le habían hecho la coca del desayuno con la que había llegado hace poco, procedente del barrio Floresta La Pradera.
Él, un tris confundido, no pudo darle razón del alimento, el cual tuvo que empezar a buscar en cada cajón.
Teresa dice que él se ha vuelto muy desmemoriado y por eso es que no le gusta dejarlo casi solo.
Francisco, quien en su juventud fue arriero y minero, pero decidió darle un poco más de estabilidad a su vida con un puesto de dulces, con el pasar de los años complementó sus ingresos con el reciclaje, labor que en últimas les permite sobrevivir, “pues la situación económica está muy dura” y la chaza, en la que lo que más se vende es cigarrillo, solo deja unos cuantos pesos.



