Fabriciano tiene 55 años y vive en Robledo Las Margaritas. /FOTO: CAMILO SUÁREZ.
Fabriciano habría querido que su primer contacto con la empresa se hubiese dado en otro contexto, pero las circunstancias se dieron de ese modo. Sus servicios en el oficio de la construcción fueron requeridos por un contratista que lo solicitó para la remodelación de la sede principal de la compañía, que había sido objeto de un atentado.
“Entré a recoger escombros y a ayudar en la remodelación. Me hice conocer de un doctor, quien era de la gerencia administrativa, y como a los 6 meses me vincularon a través de una temporal para el área de aseo”, recuerda.
Estaba finalizando la década de los ochenta. Fabriciano había llegado a Medellín desde el municipio de Nariño explorando alternativas de trabajo. En el pueblo se dedicaba al campo, aquí consiguió empleo en la construcción, 2 años antes del contacto con Banacol.
En la empresa hacía –y aún lo hace– de todo. Se encargaba del mantenimiento y los oficios varios de las instalaciones, si se dañaba una lámpara él acudía como solución, si tocaba arreglar el jardín, organizar un lavamanos. Esas eran sus tareas.
Ha hecho hasta de mensajero, cuando alguno de los compañeros de esa área estaba ausente por vacaciones o incapacidades y necesitaba reemplazo, aunque de eso fue hace ya mucho tiempo, tal vez 16 o 17 años.
De su labor destaca que es clave para la imagen que la empresa refleja ante quienes la visitan. “La mantenemos bonita”, en referencia a la sede principal. “Nos gusta que la gente llegue y se encuentre con un sitio agradable, limpio, bien iluminado”.
No importa el rincón o el espacio que intervenga, sean los parqueaderos, los jardines o la presidencia. Estas son algunas de las sensaciones que Fabriciano comparte sobre su trayectoria en la empresa.
“En esta empresa he tenido estabilidad laboral, gracias a mi trabajo pude conseguir casa, apartamento, todas son cosas que tengo gracias al esfuerzo, es el futuro que uno va creando.
“También he tenido la posibilidad de hacer muy buenas amistades. Una vez en vacaciones me monté en un camión y me fui para Urabá. Allá llegué a recoger banano a dos de las fincas que la empresa tiene en esa región y me encontré con compañeros que ya me conocían y me enseñaron todo el proceso”.
“Disfruto ayudar cuando me piden colaboraciones. Incluso me ha tocado que el presidente de la compañía me pida ayuda en su casa, sobre todo en la pandemia. Hace poco me llamaron para que se la desinfectara.
Disfruto mucho lo que hago, todos los días llego activo a trabajar con ánimo. Eso me da moral para dar gracias todos los días por el empleo que tengo”.
La familia es el bien que más cuida Fabriciano. Su esposa Gloria María y sus cuatro hijos: Juan David, Natalia, Catherine y Carolina. Todos ya se independizaron. Una de las cosas con las que más goza es con sus cinco nietos, a quienes visita cuando puede, y también los recibe en su hogar. Esa es su felicidad.
Sebastián Aguirre Eastman.
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