“Era difícil tocar puertas y que me dijeran que no”

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En su primer emprendimiento quebró porque los clientes no le pagaban. Se había retirado en noveno grado de la Institución Educativa Fe y Alegría Luis Amigó del barrio Moravia, y comenzó a ofrecer mercancía de todo tipo.

Fiaba para promover las ventas, pero la jugada le salió mal. Con 23 años, y sin haber terminado el bachillerato, Edisson se encontró en un limbo del cual salió con la ayuda de su padrastro Rodrigo Rendón, quien lo invitó para que trabajaran juntos en un negocio de venta de avena caleña, ya que había comprado la fórmula para prepararla.

El negocio comenzó a andar bien. Se hacían hasta 50.000 pesos diarios y sumaban algo así como 26 clientes. Nada mal. Rodrigo, el padrastro, le propuso que se quedara con el negocio. Edisson estaba animado. Abrió local, registró el producto ante el Invima, obtuvo los permisos respectivos con sus tablas nutricionales, y las ventas seguían creciendo.

Todo lo hizo de forma empírica, sin tener idea al principio de aspectos técnicos o administrativos, pero sí con muchas ganas de salir adelante.

Un primer obstáculo

Las cosas marchaban bien pero aparecería un primer obstáculo en su camino. La pulpa con la que preparaban la avena sabía muy rica, pero se vinagraba a los dos o tres días.

Edisson comenzó a hacer pruebas de ensayo y error, buscando una fórmula para encontrar la avena en polvo que no se averiara en su proceso.

“Lo hice solo. Le echaba esto, le quitaba aquello, y pruebe. A mi casi no me gusta el dulce, y fueron días de muchos mareos por tomar tanta avena en los ensayos”.

El cálculo era a ojo. Una vez encontró la fórmula, venía otro paso complicado: salir a vender. Fueron muchas puertas las que tocó, y muchas más las ocasiones en que le dijeron “no, gracias”.

Le tocó aplicar técnicas de mercadeo, que tampoco había estudiado, para promover su producto. Tuvo que superar su propia timidez, pero lo acompañaba la seguridad que le daba el proceso que había recorrido. Hasta que una le funcionó. Un día alcanzó a vender 150 avenas, y allí supo que el empeño que le había puesto a su negocio estaba dando resultado.

Una traición a su confianza

Puravena, como llamó a su negocio, iba mejor que nunca. Tanto que pudo contratar a algunos empleados que le ayudaban en todos los procesos.

Sin embargo, vendría una etapa difícil, personal y laboral. Uno de sus trabajadores, quizás al que más confianza le tenía, “el que tenía las llaves del negocio”, se fue de la empresa con la fórmula de la avena.

No pasó sino una semana, cuando lo vio en las calles de nuevo pero como su competidor, atendiendo a quienes eran sus clientes, y con precios más bajos. Un golpe duro del que Edisson casi no se recupera.

“Muchos clientes se fueron con él. Fue duro recuperarlos. Un momento difícil porque yo tenía compromisos bancarios, debía pagar arriendo, servicios, la nómina a los empleados”.

Edisson fue inteligente. No quiso competir con precio, sino con calidad. Ofreció promociones, mejoró el empaque de su producto, asesoró a sus clientes. Hoy lo cuenta como una anécdota, pero fueron cuatro meses complicados. “A veces las cosas malas que nos pasan sirven para pellizcarse y salir adelante. No lo veo como un tropiezo sino como algo que me impulsó”.

Sus aprendizajes

  1. “Como yo no tenía con qué pagarme un estudio universitario, fui recursivo. Me iba para una universidad y en la biblioteca leía mucho, aprendí a amar la lectura”.
  2. “Hay otras formas de llegar al éxito, no solo se llega estudiando una carrera, hay que buscar otros medios”.
  3. “He aprendido a ser más táctico en los negocios, más tranquilo, a no dejarme llevar de las emociones, porque siendo así perdí mucho dinero”.

“Quiero dejarle un legado a mi familia”

Edisson tiene cuatro hijos y viene el quinto en camino. De su primer matrimonio nacieron Mateo, de 14 años; Valentina (12) y Sara (8), y de su segunda unión son Gabriela (3) y un bebé en gestación del que aún no saben su género.

El mayor, Mateo, ya le ha estado ayudando al papá en el negocio, acompañándolo en algunas entregas y empacando los productos.

“Quiero dejar un legado y que cuando me muera puedan decir que mis hijos y nietos son todos empresarios, quiero enfocarlos en que formen empresas para que puedan disfrutar la vida, tener tiempo y libertad”.

Sebastián Aguirre Eastman.

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Pablo Andrés Santa Arango

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