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Desde que el Covid-19 llegó a Brasil a finales de febrero, las cifras de contagio y muertes han ido creciendo de manera exorbitante, tanto que se convirtió en el segundo país del mundo más golpeado por el coronavirus, con casi 700.000 casos y 37.000 muertes, detrás de Estados Unidos.
La pandemia se convirtió en un problema y en una crisis de salud pública allí, donde el mayor impacto se ha registrado en ciudades como Sao Paulo, Río de Janeiro y Manaos, la puerta al territorio amazónico, donde el virus no ha tenido compasión y está arrasando vidas.
Las imágenes de los cementerios y terrenos donde las víctimas del Covid-19 arriban para ocupar su última morada, han generado gran impacto en el mundo, que se está convirtiendo en testigo del sufrimiento de las familias que desde finales de abril están viendo como se multiplican las tumbas e, incluso, en este momento están derramando sus lágrimas y enterrando sus recuerdos en fosas comunes, pues ya no hay tierra para tantos cuerpos.
Ya son 227 sepultureros los que trabajan en Vila Formosa, el cementerio más grande de Brasil, ubicado en un predio de uno 750.000 metros cuadrados en Sao Paulo, donde los sepelios son sin abrazos y solo duran 6 minutos, como medida de prevención durante el tiempo de pandemia.
“Aquí enterramos unas 45 personas por día, pero en la última semana son de 12 a 15 más. Es mucho peor de lo que vemos en las noticias, esto es grave”.
Sepulturero de Vila Formosa
La Alcaldía de Sao Paulo, que compra semestralmente 6000 féretros para su red de servicios funerarios, solicitó en marzo otros 8000. Las actas de defunción de todos los casos confirmados o bajo sospecha de Covid-19 son etiquetadas como “D3”, lo que obliga a mantener el féretro cerrado, generando una despedida sin rostro y velorios sin abrazos y de menos de 10 personas.
En otras zonas de Sao Paulo también se han preparado para la devastación.
En Río de Janeiro siguen registrando bajas como resultado a las pocas medidas que ha mantenido el presidente Jair Bolsonaro.
La tragedia es la protagonista en la crisis que vive Manaos, la capital del estado noroccidental de Amazonas, donde el nuevo corovirus sigue implacable y donde debido a la proliferación de la enfermedad, el Sistema de Salud del Estado de Amazonas colapsó y el cementerio público Nossa Senhora Aparecida, desbordó su capacidad.
Los entierros se triplicaron y las autoridades decidieron talar una zona de bosque para abrir tumbas en terrenos aledaños, una decisión que no le ha caído bien a los familiares de las víctimas, pero ante la crisis, esta ha sido la solución más viable.
En el Parque Taruma, el personal trabaja día noche y se excavaron más de 1500 tumbas desde que el virus llegó a la zona, para que los los brasileños pudieran despedir a sus familiares.
Pero con el pasar de los días y con el Covid-19 cobrando vidas, el cementerio no pudo satisfacer la demanda y tuvo que abrir grandes fosas comunes para enterrar a los fallecidos de forma grupal.
Con información de Reuters y AFP
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