Gisela tiene dos hijas y dos nietos. Vive en Belén Las Mercedes. /FOTO: EDWIN BUSTAMANTE.
Los vendedores de tinto deberían estudiar relaciones humanas, dice Gisela. Cuántas historias no les ha escuchado a los clientes que se sientan a su lado en el Parque de Berrío, mientras se toman el tinto, se fuman un cigarrillo y le comparten sus tragedias personales, mientras ella, con su buen corazón, trata de aconsejarlos. Razones y motivos tiene para hacerlo.
“Con lidia, a mis papás solo les alcanzó para darme la primaria”.
Se crió y aún vive en el barrio Belén Las Mercedes. Desde los trece años trabaja en la calle –hoy tiene 54– cuando no se restringía aún el trabajo para los menores de edad. Se bajaba caminando hasta el parque de Belén, primero vendía chance y luego lotería.
Fueron casi 20 años los que se mantuvo en este sitio, pero cuando había conseguido tener un plante (“casi tres millones de pesos de la época, imagínese ahora cuánto sería”) con lo cual sostuvo a sus tres hijos, se quedó sin trabajo y le robaron lo que tenía. “Me tocó quedarme sola en la casa, aguantando hambre con mis hijos porque era madre cabeza de hogar”.
Algo tenía que hacer. Ya eran cerca de nueve días consecutivos sin probar comida. Así que llevó a sus hijos para que un vecino y una hermana se los cuidaran, y caminó rumbo al Parque de Berrío a rebuscarse su sustento.
“Me tocó ejercer la prostitución. No tenía más para dónde agarrar. El diablo es puerco y le pone enfrente a uno las cosas más fáciles”. No era buenos tiempos para Gisela, pero ella no perdía la esperanza de cambiar su destino.
Transcurrido un tiempo, un señor le ofreció vender minutos en el parque, una actividad que luego se puso de moda. Le fue bien y eso le permitió salir de la prostitución y sostener a su familia. Sin embargo, por lo mismo la competencia creció y la situación se complicó.
La única opción que encontró fue ponerse a vender tintos, pero no contaba con termo ni mercancía. Una señora –“doña Clara, quien ya murió”– se los facilitó.
Cuando creía que ya estaba todo mejorando, volvieron las dificultades. Funcionarios de Espacio Público le decomisaron sus pertenencias y de nuevo se quedó sin nada.
La batalla fue dura, pero Gisela no se inclinó. Con la ayuda de “don Ramón”, un señor que tenía un acopio en la zona, comenzó de nuevo con la venta de tintos. Él le prestaba termos y le cuidaba el producto, y ella se dedicó a lo que mejor ha sabido hacer hasta ahora: atender a su clientela con gusto.
Hoy tiene su chaza propia, en la que vende tinto, perico y aromática, pero además de ello es una conversadora y consejera de todo aquel que llega a sentarse a su lado para que ella le escuche sus penas y desgracias.
Asotintos se creó hace tres años como respuesta a los maltratos que, dice Gisela, recibían de las autoridades, y por recomendación de un abogado, quien les sugirió que uniéndose podrían reclamar más fácil sus derechos y solicitar más apoyo de los entes responsables.
“Me pusieron como líder junto a otra amiga. Janeth Mesa. Cuando comenzó la pandemia la asociación tuvo más realce, ahora tenemos 320 tinteros asociados, todos tienen carné y camiseta”, expresa.
En la pandemia ha utilizado su liderazgo para conseguir ayudas alimenticias a sus compañeros de la asociación, muchos de ellos que han vivido una situación económica complicada por las restricciones de movilidad.
“Ser líder no es fácil. Hay personas que lo insultan a uno, que lo tratan de ladrón, pero yo sigo adelante. Me gusta estar pendiente de mis compañeros”, señala.
“Antes yo llegaba al Parque de Berrío desde las cinco o seis de la mañana y me iba a las tres o cuatro de la tarde, pero como las cosas se fueron poniendo más difíciles, en especial con la migración venezolana, me ha tocado mermarle al horario, hoy llego a las siete u ocho de la mañana y me voy a las siete u ocho de la noche”.
“Este trabajo tiene cosas muy bonitas, hay que tener mucha humanidad y saber atender a los clientes, porque estos son el corazón de un negocio. Lo que más valoro de ellos es que llegan sin conocerlo a uno y le cuentan su historia porque confían en que uno no va a regar el chisme. Yo siempre tengo palabras de aliento, si les puedo dar un consejo se los doy.
Hay gente que atiende su negocio por vender, pero a veces no dicen ni a la orden, ni con mucho gusto, palabras tan cortas pero tan cercanas al corazón”.
Sebastián Aguirre Eastman.
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