“A la mayoría de operarios de esta empresa los he hecho yo”: Ramiro Castaño Cañas

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La idea era que Ramiro, quien les propuso la idea a los dueños de la empresa, probara durante un mes el nuevo turno de 10:00 de la noche a 6:00 de la mañana. Hizo tan bien la tarea que ese plazo se alargó y en ese puesto se quedó ¡durante 21 años seguidos!

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Corría la segunda mitad de la década de los noventa, él calcula que hace unos 24 años. La sede de Codiplax, en esa época, estaba en un local pequeño en el sector de Los Huesos con la avenida Oriental. Ramiro estaba muy nuevo en la empresa, apenas llevaba como un mes, pero eso no lo amilanó ni lo intimidó para hablar con sus jefes y sugerirles que si querían crecer en ventas y en productividad, ese turno nocturno era necesario.

Esa fue su prueba de fuego, la muestra de lo que vendría para Ramiro, pero sobre todo para la empresa, que se ha servido de sus habilidades para crecer.

Del Nordeste antioqueño

Ramiro Castaño Cañas nació hace 49 años en Yolombó, municipio del Nordeste antioqueño. A los 19, luego de prestar servicio militar, se trasteó para Medellín en busca de trabajo. Se estableció desde entonces en Manrique Central, donde hoy vive con su esposa Margarita y su hija Melissa.

Llegó a Codiplax luego del quiebre de una fábrica de plásticos en la que consiguió empleo. Su nueva empresa apenas estaba comenzando operaciones, Ramiro tocó las puertas con hoja de vida en mano y de inmediato lo recibieron.

Recuerda con nostalgia esos comienzos en que era una brega vender un rollito de plástico para poder comprar la materia prima con la cual se haría el siguiente.

“Éramos 6 personas, de las cuales casi todos permanecemos aún en la empresa”.

Dice Ramiro. Hoy lo acompañan casi 100 compañeros.

Su cargo era el mismo que hoy ostenta, el de operario de la máquina extrusora, que son las fundamentales en la elaboración y manipulación del plástico.

Claro que las máquinas que operaba en aquella época no eran precisamente las más indicadas, según sus palabras. “Eran más bien regulares, malitas. Luego como a los dos años, cuando nos trasladamos a la sede de la calle 30 con la 65, nos armaron otra y a las que teníamos les pusieron repuestos nuevos. Con eso fuimos creciendo”, aunque sus recuerdos siempre están cargados de gracia.

“Cuando compraron la máquina nueva, una brasilera, no sabían ni cómo apagarla”, señala Ramiro. Se ufana de haber sido el único que la sabía manejar, pero también tuvo que pagar el precio de su sabiduría.

“Yo trabajaba en la noche, pero quienes estaban en el día no eran capaces de manipularla, a veces me llamaba el patrón, que si me podía venir a ayudarles”.

“He sido juicioso, tengo mi casa, le di estudio a mi hija. Me gusta estar en familia y jugar fútbol cuando se puede”. / FOTO: CAMILO SUÁREZ.

Un maestro

Al ver esta situación, Ramiro se preocupó por irles enseñando a sus compañeros, para que aprendieran a manejar la máquina pero también para que lo dejaran descansar. Hasta Juan Uribe, uno de los hijos de la familia propietaria, se benefició de sus enseñanzas.

“Desde que llegué a la empresa me metí en ella como si fuera mía. Yo les decía a mis compañeros que las máquinas eran el futuro de la empresa, pero ellos me decían que eso era muy difícil o que no tenían tiempo. ‘Conmigo les va a ir bien’, les respondía. Hubo uno al que formé y hoy es un buen operario, callado y dedicado en lo que hace”.

Expresa.

A Juan, quien cada que puede le manifiesta su agradecimiento – “me dice que soy como un padre o un hermano”– le enseñé mucho a trabajar las máquinas cuando estaba haciendo la práctica para ser ingeniero, “yo fui el que lo acabé de hacer”, afirma con orgullo.

Con ayuda de Ramiro, la empresa fue creciendo en pedidos, lo cual hizo que se aumentaran las máquinas y el personal.

De regreso al día

Luego de 21 años de trabajar sin pausa en las noches, Ramiro por fin supo lo que era tener un turno de día. Sus compañeros, a quienes tanto les enseñó, adquirieron la destreza y esto les permitió establecer rotación de turnos. Cada semana los van cambiando, y aunque a Ramiro todavía le toca volver de vez en cuando a las labores nocturnas, también le queda tiempo para dedicarlo a sus familiares o a sus gustos personales.

“Ha valido el esfuerzo. Obvio que ha habido problemas, pero todo ha sido maravilloso, esto es una familia”, concluye con emoción.

Por Sebastián Aguirre para Q’HUBO Medellín

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Redacción Q'HUBO Medellín

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